El silencio está lleno de nombres



COMIDA PARA TODOS

SOBRE RUEDAS

SONETO AL MIRLO QUE SE COME MIS PERAS

SANDALIAS NUEVAS

IDEA DEL ACOPLAMIENTO

INCREÍBLEMENTE DESNUDOS

AQUILES, HIJO MÍO

TESTIGO



COMIDA PARA TODOS

Hoy llevo locamente
unas migas de pan a las estatuas.
Las palomas del parque se me ponen de uñas
porque creen que la Historia
es sólo bronce,
una infinita piedra de granito
o un mármol de Carrara,
una mujer cubierta por los pájaros.

Yo le doy de comer,
a ver qué pasa.
Sé que pongo celosas a todas las palomas.

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SOBRE RUEDAS

En la llanura estéril
que hay entre la dicha y la tristeza
busco el escalofrío
de ver nacer a un héroe en mi carne
respirando
doscientos kilómetros por hora.

En el limbo del deseo adormecido
donde reina
el sentido común de la otra gente
yo y mi Yamaha,
que arde entre mis muslos,
encendemos el aire
y colocamos ruedas en el tiempo.

En las fachadas negras
donde la lluvia pierde su inocencia
y chorrea envilecida hacia el asfalto,
escribo soliloquios brevísimos de letras:
desentierro mi voz.

En el sosiego de alquitrán de cualquier carretera,
camino, para tantos, de ida y vuelta,
me dejo seducir por el infierno,
por el deseo perverso
de saber hasta dónde
puede arrastrar el corazón al cuerpo.

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SONETO AL MIRLO QUE SE COME MIS PERAS

Vienes todas las tardes, tan temprano,
aprovechas la ausencia de mi siesta,
llegas a tiempo, con la mesa puesta,
y te comes la fruta del verano.

Después desapareces, mini-hermano,
y tu canto visible es la respuesta
al coro de los árboles en fiesta
y al sol que te calienta tan cercano.

Mi frutal heredero, ladrón tierno,
con tu pico amarillo y tu impaciencia
pones a prueba al árbol cada día.

Quizá te eche de menos en invierno,
tu forma de llegar y tu insistencia.
Si no vinieras más te llamaría.

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SANDALIAS NUEVAS

Es inútil creer que un poema
permanece siempre igual a sí mismo.
Es un pájaro inquieto, superviviente
de climas variables.
Un fuego que se alimenta de palabras
y engendra multitud de ecos diferentes.

Es inútil creer que un poema
permanece en la página
atado a cada una de sus letras.
Es un nómada. Siempre nuevos sus pasos,
puede sentarse a nuestra mesa
como u huésped bíblico.
Un hijo pródigo.
Un zumo que tú exprimes.
Un niño que estrena unas sandalias.

Cuando lo encuentres
no te arrodilles como ante el oráculo.
Camina junto a él.

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IDEA DEL ACOPLAMIENTO

La soledad se ajusta al gozo,
el cuerpo a la sustancia,
el aire a la respiración y al contenido,
la voluntad a la costumbre
y la vida a la muerte de sí misma.

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INCREÍBLEMENTE DESNUDOS

Estábamos.
Éramos la desnudez desarropada de pasado y futuro
y cada poro
de nuestra piel era una boca abierta
dispuesta a recibir las lluvias de todas las tormentas.

Desnudamente confiados
mientras el sol se repartía
en cada gota de sudor gozoso.
Gozosamente inmunes
a cualquier otro tiempo que no fuera el presente.
Inmunemente ciegos al azar
(esa tragedia de juguete).
Ciegamente precisos en las sombras más húmedas.

Precisamente así,
como hermanos gemelos,
mitades de una misma libertad
aún no desgajadas, le dimos al deseo
lo que había deseado tanto tiempo
y el imposible fue para nosotros
el borde del abismo más cercano.

Increíblemente desnudos
y fieramente ángeles
fuimos hacia la noche en que los cuerpos
tuvieron sed y se encontraron.

Luego
nos visitó el encantador de las palabras,
nos contagió los signos, los fonemas, las sílabas,
la lucidez con la que nos cubrimos de inmediato.
Dejamos que la tierra se tragara los sueños
- nadie mejor que ella para eso -
y fuimos deshaciendo, paso a paso,
todo el camino andado
infligiendo palabras como heridas.
Increíblemente
vestidos otra vez.

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AQUILES, HIJO MÍO

Aquiles, hijo mío,
algo me vence más que tu grandeza:
el recuerdo de tu ser recién nacido.
Sólo yo, Aquiles, hijo mío, sé cómo fuiste niño.
Cuántas veces, a nuestros pies las olas,
con mis dedos quitaba yo la arena de tus cabellos rubios.
Siempre escondías tesoros diminutos en tus puños,
que se abrían como rosas
sin haber conocido aún el hierro de las armas.
Aquiles, hijo mío, tuyas son las victorias,
tu lucha es mi derrota.

Aquiles, mi guerrero,
al hacerte soldado
caíste prisionero de tu propia armadura.
El mundo está asediado,
y todos tus triunfos ponen nuevas murallas
en los pechos de los hombres y los héroes.
Tus pies ligeros no han de llevarte nunca más allá
de los confines de la guerra,
y con ellos te vas marchando lentamente de mí
porque te marchas para siempre.

Aquiles, hijo mío,
te vi vivir antes de verte con los ojos,
te oí sumergido en el silencio
y te toqué sin necesidad de usar las manos
mucho antes que la aurora de los dedos rosados.

Ahora que estás dormido y la luz de la luna
perpetúa el resplandor de tu espada,
a la vez que con su leche nutre esta nocturna tregua,
contemplo en tu talón la convulsión del tiempo,
y aunque tú no lo sabes, Aquiles, hijo mío,
como siempre
los dioses han vencido.

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TESTIGO

Están matando el día en algún sitio.
Se desploma la luz
sobre el lomo de alguna bestia del planeta:
un jabalí, un gato, un cordero,
o alguien que tiene nombre.

Alguno se impacienta con el tiempo:
no mata con la prisa necesaria
un pulso, unos pasos, cierto ruido.
Alguien está muriendo en algún sitio
convertido en la presa de algún superviviente.

Se están borrando caras de algún sitio.
Desde alguna región un niño nos sonríe
mutilado
como cualquier paisaje bajo un cielo voluble.

Va saltando la tinta a los periódicos
al paso negro-blanco de las armas,
se ofrece un sacrificio en algún sitio
en conmemoración del fracaso del mundo.

La muerte se abre paso a través de la carne
y llega, sólo ella,
al núcleo inaccesible del dolor
de otro cuerpo.

Mientras,
todos dormimos con los ojos abiertos.
Mesmerizados
bajo un miedo perverso.
La noche en nuestros labios.
Esquivamos las balas,
los coches
y los muertos.

Apenas quedan víctimas para tantos verdugos.

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