Cuentos









TIEMPOS ROJOS

TIEMPOS ROJOS
Publicado en Cuentos para Murcia, Editorial Cylea, Murcia, 2008.

Nadie la vio bajar del tren aquella noche. El olor de la estación le resultó inmediatamente familiar y se preguntó si ese olor en realidad lo había percibido antes o todo se debía a la creatividad de su propia memoria. Si todo se debía a su deseo de reconocer y de reconocerse. Nadie la vio bajar del tren aquella noche, pero ella se sintió percibida por el aire algo frío de principios de Abril. Había llegado a Murcia en busca de un color. Un color que había visto una única vez siendo muy niña, junto a sus padres, en alguna plaza apenas recordada. También habían viajado en tren. Su padre había llegado un día con los billetes y una de esas sonrisas suyas: "¡Nos vamos a Murcia!". La cara de su madre cobró esa habitual expresión a medio camino entre el susto y el entusiasmo, adquirido día tras día de varios años de convivencia con ese pintor marido, con ese pintor volcán, con ese pintor vértigo, con ese pintor niño. Así era su padre. La vida con él era un saltar de piedra en piedra en un arroyo, lanzarse al agua desde el trampolín más alto, hacer un fuego por la noche en la montaña, verle llegar con la más espectacular de las muñecas después de haber vendido un cuadro:

-"¿Cuándo?", preguntó su madre con aquella voz siempre al borde del sobresalto.
-"Mañana", dijo él. Y las miró a las dos como quien acaba de dar un regalo.

Al día siguiente estaban los tres en el tren y el bullicio de Madrid quedó desdibujado en el nuevo paisaje.

-"¿Por qué vamos a Murcia, papá?"
-"Necesito un color."

Ella le miró desde sus siete años y comprendió perfectamente:

-¿Qué color buscas?"
-"No lo sé todavía."

Le siguió mirando con sus ojos reflexivos y entonces él le hizo uno de esos guiños que tanto la divertían,

-"Lo sabré cuando lo encuentre."

El aire se hacía cada vez más frío en la estación y se apresuró a buscar un taxi. Camino del hotel intentó reconocer las calles en la oscuridad. Pero todo le pareció extrañamente lejano. Por primera vez se preguntó si había hecho bien en seguir ese impulso de tomarse unos días en plena vorágine profesional para venir a Murcia. Y esta vez desde mucho más lejos. Pero el impulso había sido demasiado fuerte, tanto que la había traído hasta aquí desde las nevadas aceras de Copenhague. Adjunta a la dirección de un prestigioso estudio de interiorismo, su nombre como pintora comenzaba también a ser oído en Dinamarca. Y además, sobre todo, estaba Lars. Ese árbol rubio bajo el que se cobijaba tantas veces. Lars, el refugio frente a todos los vientos, las manos en las que se liberaba de sus miedos. Su vida era un todo blanco y harmonioso, era un olor a café recién hecho y una casa de enormes ventanales. Su vida era un norte encontrado en el amor de Lars. Sin embargo, estaba aquí. Sola. No estaba muy segura de si buscaba un color o se buscaba ella misma en el pasado. Quizá ni siquiera había diferencia entre una cosa y la otra. ¿Había hecho bien en venir? Su ánimo desfallecía poco a poco a medida que el taxi avanzaba por las solitarias calles. En el hotel pidió un chocolate caliente y se acostó.

A la mañana siguiente se despejaron todas sus dudas. Volvió a la catedral de Santa María, donde tantos años atrás había entrado de la mano de su padre y se dejó inundar por la luz multicolor que proyectaban las vidrieras. Al salir, calada por el sol, que abría avenidas de fuego en su largo pelo oscuro, paseó con brío hasta la plaza principal, esa Glorieta que reconoció de pronto como a una vieja amiga, y de allí siguió el trazado medieval de varias calles. Se dejó ir. Se dejo tentar por la promesa detrás de cada esquina, por un olor a fruta, por algún niño que corría. Las ventanas de las fachadas del casco antiguo parecían hacerle guiños emulando aquellos de su padre. Había temido que volviera aquel dolor de gritos sordos. Aquel dolor que acabó con su niñez cuando él murió apenas un año después de su viaje en busca de un color. Lo había temido más que nunca en este regreso a Murcia, lugar del penúltimo viaje de aquél que le había dado una infancia de risa y toboganes. Pero el dolor no vino. En su lugar apareció el recuerdo de ese padre pintor con su camisa roja. Ningún hombre en aquellos días se habría atrevido a llevar una camisa roja. Ningún hombre que no fuera él. De repente ella volvió a los siete años. De repente se vio correr junto a su padre por la calle Platería mientras su madre, detrás, bromeaba simulando un gesto de enfado. Él con su camisa roja.

-"¿Has encontrado ya el color, papá?"
-"Todavía no."

Nadie pronunciaba la palabra "todavía" como él. En su boca era la certeza de que lo deseado siempre iba a llegar. Y llegaba. Su padre era un mago que conjuraba seguridades cotidianas con cada guiño de sus ojos claros. Por eso ella supo que encontraría el color.

El sol seguía calentándole los huesos y dándole una energía inusitada. Llegó hasta el Puente Viejo e inclinó su frente sobre el río Segura. No supo cuánto tiempo estuvo así. Pero sí supo de pronto que necesitaba pintar el calor del sol sobre su espalda. ¿Encontraría ella el color que buscaba? Atardecía. A unos cuantos pasos de distancia se aproximaba un pequeño grupo de muchachos. Hablaban a voces entre risotadas. Se sintió algo molesta por lo que parecía perturbar la paz infinita del momento. Pasaron de largo sin mirarla, pero uno de ellos, que no tendría más de dieciocho años, les dejó marchar y se apoyó en el puente. A ella le llamó la atención la camisa roja que llevaba. Él inclinó su frente sobre el Segura. Unos desordenados mechones de pelo le tapaban la cara y el cuello. La camisa parecía quedarle demasiado grande y sus mangas se movían suavemente con la brisa. Ella no dejaba de mirarle. El sol comenzaba a ponerse en dirección de él. Le hacía cosquillas en los ojos cuando descendía lentamente por detrás del hombro derecho del muchacho. Pero ella continuaba mirándole. La brisa, hecha ya casi viento, movió sus largos mechones y ella pudo ver su cara. El sol persistía en su empeño de cegarla levemente, rojo y juguetón. Los ojos de él se encontraron con los suyos. Al entornarlos ella levemente para esquivar los últimos rayos, el muchacho se volvió del todo y sonrió. Y ella, desde los volcanes traviesos de su pecho de niña, le devolvió la sonrisa al percibir el guiño de sus ojos claros. El sol terminó de ocultarse y el muchacho siguió su camino. Ella se quedó mirando al horizonte en un tiempo recobrado y perfecto. Y volvió a sonreír. Ahora podía volver al norte de su árbol rubio. Había encontrado el color con el que pintar calor del sol sobre su espalda.

El color a través del que se puede ver hasta siempre.

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