Allegra Byron



ALLEGRA

CANCIÓN DE CUNA PARA MARIQUITA PÉREZ

GUIÑOL

PARA AQUEL ZOÓLOGO ALEMÁN QUE BUSCABA ANIMALES MONSTRUOSOS

VERSOS DEL MUÑECO ENAMORADO



ALLEGRA

Llegaste un día sorprendiendo a todos
los que creían ser dueños de su glorioso mundo,
clandestina inocencia
que caminó bajito y de puntillas,
tú jamás revelaste los secretos
de la noche más blanca que haya existido nunca.

Te marchaste
como si hubieras sido la autora de ti misma
y marcaste distancia con aquellos
que te dejaron sola entre los hábitos
-desde tus cuatro años-
de monjas italianas y morenas.

Ahora apareces,
resucitada tú entre todas las muñecas,
con vestido de alma,
a poblar mi jardín de niños muertos
que juegan con la noche al escondite.

¿Has venido a cogerme de la mano?
Si quieres
me convertiré en eco
para caber en tu pequeña muerte.
Mientras, te digo esto:

Allegra,
tienes la risa de las estrellas-sonajero,
que invisibles de día se oyen en tu garganta,
saltas sobre los años
y recorres distancias atravesando tiempos
mientras tus dedos tibios acarician
todos los gatos negros de mi duelo.

Estás aquí. Dejemos
que en el pasado reposen los huesos de las cosas.
Dejemos al dolor y al pensamiento.
Mientras tú y yo jugamos
con estos niños muertos.

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CANCIÓN DE CUNA PARA MARIQUITA PÉREZ

Con esa realidad de la apariencia
pareces casi a punto
de ponerte a escribir una autobiografía.
Y es que una muñeca
no siempre es la parodia
de las formas humanas.

Acaso,
tanto tú como yo,
no seamos más que sombras
de la sustancia verdadera,
un espejismo mutuo,
una pregunta
prolongada en el tiempo y los espacios
de las cosas.

Quizá seamos los dos
no más que un pensamiento clandestino,
porque la realidad siempre esconde sus sueños,
se avergüenza de ellos como de ovejas negras
y los guarda en secreto.

Nos miente en algo
todo lo que parece.
Entonces,
¿quiénes somos tú y yo?
Dos hechiceros de una magia que nos esclaviza:
tú conjuras silencios,
yo conjuro palabras
intentando con ellas esquivar el infierno,
que no está, como dicen, debajo de nosotros,
sino que nos habita.Un estado mental en el que las estrellas
se nos antojan pulgas que nos pican el alma.
El infierno es un hombre que dialoga
con su desdicha cada día.
Es saber
que nacer es una enfermedad
incurable.
Que cada uno de nosotros
no es más que una tormenta
ruidosa y pasajera.
Y al final olvidada definitivamente.

Pero tú estas encima
de tales nimiedades,
y yo quiero contigo
dejar unos momentos la conciencia.
Quiero
diluirme a tu lado
en un espacio cálido y convexo.
Y serle infiel a todo pensamiento.

Y que cuando amanezca
todo haya sido un sueño.

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GUIÑOL

Caen las risas todas
como el golpe
en la cabeza hueca
de la más tonta de las marionetas.
Y más risas de nuevo frente a su caída
mientras aquellos ojos,
de infinita y estúpida ternura,
nos contemplan
sin el menor rencor.
Todos a coro, gritándole más fuerte
ante su aturdimiento
cada vez más contagiosamente divertido,
hasta que ya en el suelo la contemplan,
la aplastan
las miradas ansiosas de más gozo,
con el deseo de verla de nuevo levantada
para otra vez poder verla caer.

La ventana se cierra,
y camino de casa
olvidamos deprisa esa pequeña fiesta
de indefensión lejana.

Cuando abrimos la puerta
nuestros ojos se llenan de infinita y estúpida ternura
y sentimos el peso
de miles de miradas invisibles,
denso
como la mano silenciosa de Dios,
que podría empujarnos
hacia cualquier abismo cotidiano.

Guiñol.

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PARA AQUEL ZOÓLOGO ALEMÁN QUE BUSCABA ANIMALES MONSTRUOSOS

La ciencia pudo ser el arma de tus manos,
tu instrumento. Pretexto:
La magia era tu meta,
perseguiste su sabia con la sed
de todos los desiertos,
ávido de esa luz que sólo brota
de la raíz del pozo más oscuro.

Elefante-luciérnaga,
pez que huye por tierra
con pies inexplicables,
y ese animal tan negro, tan feo, tan humano,
que gime y casi llora cuando se le acaricia.

Dime,
ante el horror del monstruo,
¿sentiste escalofríos?
¿te atormentó el placer?
¿tuviste pena?
Quizá llegaste a amar, acaso, digo,
el labio leporino de aquel pájaro
o el corazón sufriente del bicéfalo
y viste en ellos
al hijo indescifrable del dolor
con tus gafas del siglo diecinueve.

Diste a esa frente tuya que escalaba
las cumbres más nietzscheanas
un tenebroso oficio,
en ello te hermanaste con todos los poetas,
porque el monstruo
es el misterio profundo de la vida.

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VERSOS DEL MUÑECO ENAMORADO

La oscuridad del cuarto me abrazó por la espalda.
Los antiguos ojos de una estrella
que clavaba su vértigo
en la más vertical de las alturas
iluminaron mis muslos
bañados de noche y de silencio,
y su luz hizo denso
todo lo que encontraba en su camino,
tanto, que toqué con mis dedos
las palabras que flotaban en el aire
y acaricié el fantasma desnudo de tu cuerpo
hasta que un murmullo blanco
dejó frío mi cuello.
Entonces sospeché que había amanecido.

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